.
- Lunes
- Cerrado
- Martes
- 17:00 – 18:00
- Miércoles
- Cerrado
- Jueves
- 20:00 – 21:00
- Viernes
- Cerrado
- Sábado
- Cerrado
- Domingo
- 11:00 – 12:30
.

Me da la sensación de que para la mayoría de nosotros al día le faltan horas, que al final de la jornada, probablemente, siempre nos quedan cosas por hacer. Y es que nuestro frenético mundo amenaza con aplastarnos si no le seguimos el paso que nos marca. Esto nos obliga a priorizar de forma efectiva. Porque treinta kilos no caben en un saco de quince, debemos ser selectivos con todo aquello que ponemos dentro y, por ende, con todo aquello que dejamos fuera. Pero con todo, es fácil caer en la impaciencia y empeñarnos en saturar “el saco” hasta que empiece a romperse. Parecemos estar siempre convencidos de que aún se pueden hacer las cosas un poco más deprisa. De esta manera tan sutil una inclinación a la impaciencia encuentra su camino en nuestras vidas.
Esta tendencia a impacientarse casi siempre nos pasa desapercibida. De hecho, es una actitud ampliamente consentida que llega a considerarse algo positivo, al menos en determinadas situaciones. Los hombres de negocios que se muestran impacientes se les suele considerar eficientes y resolutivos ¿Por qué, entonces, debemos considerar la impaciencia un pecado cuando puede ser tan beneficioso en un mundo tan trepidante? ¿Qué hay de malo en ello cuando nuestra sociedad considera que es incluso una aptitud necesaria para prosperar profesionalmente ¿qué hay de malo en la impaciencia?
En primer lugar, debemos recordar que la impaciencia es una clara manifestación del orgullo humano. Somos impacientes porque, simplemente, queremos «ser como Dios» (Génesis 3:5), quien es el único que puede hacerlo todo a tiempo y en su momento. La impaciencia es consecuencia de la frustración que supone no ser como nuestro creador, y querer llegar a serlo a toda costa. Y puesto que el orgullo es, en realidad, «el gran pecado» tal y como nos dice C.S. Lewis, no debemos darle licencia ni pasarlo por alto en ninguna de sus manifestaciones.
En segundo lugar, diremos que la paciencia es fruto del Espíritu (Gálatas. 5:22). Todos los cristianos, por definición, somos morada del Espíritu Santo (Romanos. 8:9-11). Por lo tanto, si el Espíritu Santo produce en nosotros paciencia, cada cristiano debería manifestarla sin cesar mientras abundamos en ella cada día más. La paciencia no es una opción para el cristiano, del mismo modo que tampoco lo es poseer el Espíritu Santo. Así que, dar licencia a la impaciencia es, de hecho, negar que los cristianos seamos morada del Espíritu Santo, o insinuar que el Espíritu Santo no va a producir este fruto en nuestras vidas. Ni una cosa ni la otra son ciertas bíblicamente hablando.

En 1 Tesalonicenses 5:18 el Apóstol Pablo exhorta a los cristianos a «dar gracias en medio de cualquier circunstancia», afirmando sin ambages que «esta es, precisamente, la voluntad de Dios en Cristo Jesús para nosotros, sus seguidores.» De este modo, Pablo nos recuerda cuán primordial es la gratitud en la vida cristiana. Para el Pueblo de Dios, ser agradecido no es una opción. Para el creyente, es, o debería ser, el pan nuestro de cada día.
Por eso en Romanos 1:21, Pablo establece una estrecha relación entre la ingratitud a Dios y el fracaso en honrarle como tal. Porque serle desagradecidos es, en cierto modo, negarle o usurparle su lugar. Obramos con sutileza, atribuyéndonos mérito en todo lo bueno que nos sucede en la vida, porque nos vemos autores de aquellas circunstancias que han propiciado nuestra creatividad, ingenio, fuerza, o buen hacer, o simplemente porque pensamos que nuestros logros avalan lo que somos. Cuando pensamos y actuamos de esta manera, granjeándonos un reconocimiento que sólo pertenece a Dios, fracasamos inevitablemente en honrarle tal y como se merece.
Pero también fallamos al poner en entredicho su sabiduría y bondad cuando las circunstancias en las que nos encontramos no son aquellas que quisiéramos. Cuando nos quejamos y maldecimos porque nos han robado, defraudado, mancillado nuestra reputación, vemos la prosperidad de los impíos, o nos acontece algo que trastorna por completo nuestras vidas. Cuando actuamos así, en realidad, afirmamos saber más que Dios. Cuestionamos abiertamente su cuidado providencial en este mundo, o peor aún, su omnisciencia, amor o bondad. Por lo tanto, la ingratitud en circunstancias adversas va tan cargada de orgullo como la ingratitud que también le mostramos en las mejores circunstancias. En ambos casos, estamos rehusando dar a Dios la gloria que solo a Él se debe o, dicho en las palabras de Romanos 1:21, no estamos honrando a Dios como tal.
El problema es que cuando somos desagradecidos actuamos igual que aquellos que no comparten nuestra fe. Vivimos como si Dios no existiera. La ingratitud no es un “pecadito” que podemos pasar por alto mientras nos guiñamos el ojo el uno al otro sin mayor trascendencia. El ser desagradecido atenta contra la misma raíz de la fe cristiana, porque trata a Dios como si no lo fuera. Y lo peor de todo es que la ingratitud diluye la gracia. Pasa por alto el gran costo del don de la salvación reduciendo su valor al atribuir más valía a cualquier otra cosa que Dios, en su providencia, no haya querido darnos. Esa puede ser, en última instancia, la verdadera tragedia de la ingratitud. Devalúa la persona y obra de Jesucristo, quien es realmente la Perla de Gran Precio (Mateo 13:46) y la Más Bella entre diez mil (Cantar de los Cantares 5:10).
Seis cosas hay que odia el Señor,
y siete son abominación para Él:
ojos soberbios, lengua mentirosa,
manos que derraman sangre inocente,
un corazón que maquina planes perversos,
pies que corren rápidamente hacia el mal,
un testigo falso que dice mentiras,
y el que siembra discordia entre hermanos.
Proverbios 6:16-19.
Resulta un tanto inquietante ver como pecados como el orgullo, o la discordia, son enumerados juntamente con el asesinato. Algo similar ocurre con la lista de pecados que el apóstol Pablo nos transmite en Romanos 1:29-31 y 2 Timoteo 3:2-5, donde la desobediencia a los padres o la ingratitud se equipara a aborrecer a Dios, o la crueldad.
Aunque Dios no tolera ningún pecado, no todos los pecados son del mismo calibre en cuanto a maldad se refiere. Algunos pecados son atroces de por sí. Sin embargo, debemos tratar de evitar a toda costa esa tendencia a acentuar algunos pecados mientras, prácticamente pasar por alto otros. Después de todo, la codicia que podría considerase un pecado relativamente banal, aparece en la ley junto a la idolatría, el asesinato o el adulterio (Éxodo. 20:1-17). Este es el motivo por el cual todo pecado nos hace culpables delante de Dios, “la paga del pecado es muerte» (Rom. 6:23), y «todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Rom. 3:23).
Por lo tanto, es necesario evitar la omisión de determinadas faltas a expensas de enfatizar otras, dado que toda infracción de la ley constituye una transgresión de esta sin excepción.